Era una sociedad un poco extraña la de estos estudiantes, aislados en absoluto del medio ambiente suizo. Algunas de las muchachas, por petulancia, habían llegado al convencimiento de que todo lo que fuera coquetería, amabilidad, constituía una humillación para ellas. Una galantería les parecía a estas señoritas una ofensa a su dignidad de intelectuales, un signo depresivo de la inferioridad femenina. Para alejar toda idea galante se ponían anteojos, aunque no los necesitasen, andaban encorvadas, llevaban bastón, fumaban; hacían todas las tonterías que son en la mayoría de los países señal distintiva del hombre. (…) Se veía, sobre todo en ellas, que no tenían ese culto por la belleza de las mujeres occidentales; no les preocupaban los enrojecimientos o los granos de la cara, no se ponían polvos de arroz ni se pintaban los labios, y hablaban, al parecer, con el mismo agrado al hombre guapo y rozagante que al tipo sucio abandonado y casi repulsivo.
